De cómo llegué a la Casa Blanca….. bueno, cerca!

Hoy el día comenzó en Boston antes de que acabara la noche. Debían ser las cuatro de la mañana cuando me desperté. Creo que mi cuerpo sabe que vuelve pronto a españa, y quiere cuanto antes coger el horario patrio. Una vez en el aeropuerto, puedo decir que ya soy todo un experto en pasar los controles de la TSA (transportation security administration). Hace unos años me ponía de mal humor, porque miraban la tarjeta de embarque, me veían extranjero “hispano”, y me tocaba a mí el control total –aleatorio, ja- (zapatos fuera, revisión de maleta….). Hoy controlan a todo el mundo. Todos nos descalzamos, hay máquinas nuevas que son lo más parecido a un TAC… es para verlo. Yo hago zen cuando entro en la cola y me despierto al final de ella. Ya he perdido dos botes de crema de afeitar, uno de gel y uno de pasta de dientes. Cada avión que cojo lo hago mejor (ahora ya llevo la bolsa de plástico transparente y todo eso) pero siempre se escapa algún detalle (no sabía que un bote de crema de afeitar tan pequeño pudiera llevar más de 3 onzas…) (de hecho, no sé lo que son 3 onzas…). A la próxima no me pasa… eso, me pasará alguna otra cosa.
Una vez en el aeropuerto de Baltimore (¿por qué estoy en baltimore si quiero ir a washington?) no hay ni una señal que indique bus/tren/taxi. Por fin aparece un mostrador de información donde un jubilado me atiende amablemente (debe ser voluntario del servicio turístico de maryland). La verdad es que me atiende fenomenal, me explica que puedo coger tren, o autobús + metro, despliega ante mí todos los horarios, la información turística de washington, la red de metro y algo más que tal vez no recuerdo... La verdad es que me indica muy bien, y me manda a la cola del autobús que me llevará a la estación de tren, con 4 minutos de tiempo para comprar el billete y subir al tren o esperar una hora más, que a estas alturas no tengo…. Por cierto, ya en la cola del bus, una planta por debajo del mostrador de información, veo aparecer al jubilado voluntario blandiendo hacia mí un mapa que seguro me iba a resultar últil y que había olvidado darme….. luego dicen que los americanos no son amables! La verdad es que un señor así te alegra el día, y te enseña :)
Los cuatro minutos de tiempo en la estación de tren fueron una pequeña prueba de paciencia. Salí el primero del autobús (bien), entré el primero en la oficina de billetes (bien) y en la cola solo había una señora (bien) y dos ventanillas. Termina una de ellas (todo pinta bien) y la señora comienza a realizar una serie de complicadas gestiones que vienen a dar como resultado que le devuelven un dólar con 23 centavos. Primer problema, no sabemos si devolverlos en la tarjeta de crédito o dárselos en efectivo. La señora duda y en ese paso nos quedamos estancados. Vamos mal, una ventailla inutilizada y han pasado más de 2 minutos. Mi energía se concentra en la otra, que me ofrecía poca esperanza porque en ella estaban y siguen estando dos jubilados, acompañados en la distancia por sus señoras, que actúan como todos los jubilados, como si todo el tiempo del mundo les perteneciera. Una de las pequeñas paradojas de la vida, porque cuando realmente poseemos el tiempo, cuando somos jóvenes, lo agotamos sin vivirlo, y cuando comenzamos a vivirlo realmente, resulta que apenas nos queda. Parece que aprendemos a vivir cuando ya no nos queda tiempo de hacerlo. Pero volvamos a los jubilados, eran mi última esperanza porque la señora seguía atascada con su dólar y 23 centavos, y cuando finalmente se retiran –comienzan a retirarse- me apresuro a la ventanilla, digo ¿aun estoy a tiempo de coger….? y sin poder terminar la frase oigo “los ha atropellado ehhh los ha atropellado” miro con estupor y a cambio recibo un “si si, esos señores aun no se habían marchado y usted les ha pasado por encima”. (Nada más lejos de la realidad, ni los rocé). En ese momento pienso que ya he perdido el tren, decido calmarme y pedir disculpas….. bingo, desarmado el ticketista me pregunta “quieres ir a washington, no?” mientras mira de reojo el reló. Yo que si, él que seis dólares y la identificación (el billete de tren llevará mi nombre) y yo gracias y salgo corrieeeeeendo. Lo cojo, por los pelos.
El resto del camino tiene menos historia (menos mal, dirás a estas alturas….). Un taxi me acerca desde la estación hasta la oficina donde tengo mi reunión, comemos aquí unos sandwiches, charlamos animadamente y me queda después un rato, éste, para acordarme de cómo he llegado aquí hoy y contártelo. Qué tiene que ver esto con la casa blanca? Poco, que la estoy viendo desde la ventana (adjunto foto), pero como título para ir despertando interés no estaba mal. Estoy en el despacho de Gore, en una de sus empresas, y le he dicho a Lisa, mientras miraba por la ventana… veo que no habéis perdido de vista la casa blanca ni un minuto eh ;). No me ha contestado, hay silencios que dicen mucho.
Dentro de un rato iremos a recoger a su hija, adoptada, Hellen, y daremos un paseo por washington antes de que yo tenga que coger el tren que me dejará, a Diós sabe qué hora de la noche, en NY. Habrá sido un día muy largo…. pero para eso aun falta un rato.
nota: la imagen en sí no tiene mucho interés, pero nótese que la casa blanca es el cuadradito escondido tras los árboles a la izquierda. nuestro protagonista declina hacer más comentarios sobre lo que pasaría si le dieran carta blanca para cambiar ahí un par de cosas….

3 Comments:
Muy chulo el relato, me tenías con el corazón en un puño, pero... y la foto ;o]
Tus peripecias para ir con el tiempo al cuello, no se por qué, pero ya no me sorporenden. Y sabes lo que creo, que eso no te cambiará ni estando jubilado. Abrazotes.
no si aun va a resultar que fue culpa mía!!! jajaja :) (gracias por quererme como soy...)
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